Una taza de café

La bruja de Guinness, originalmente cargada por Altusken.
Instante de las 11.28 del 12 de octubre de 2009
Hoy, subiendo esta foto a Flickr, me he acordado de un cuentecillo que escribí hace un par de años para un curso de relato breve:

Jamás pensó que compartir un café podría reconciliarla con la vida. En aquel pequeño pueblo recóndito la única diversión que le quedaba a María Angustias a sus 83 años era sentarse junto a la ventana de la cocina y ver como su vecina, la también anciana Leonor, estaba más sola y triste que ella. Y disfrutar con la soledad del prójimo era a lo que se dedicaba todas las tardes, excepto las de los domingos, que tocaba ir a misa. Lo hacía desde que sus hijos, perros desagradecidos que no cuidaban de ella, pensaba siempre Angustias, dejaron de ir a verla cinco años antes. Y lo hicieron porque acabaron hartos de su mezquindad.

Pasada la hora de la siesta, Angustias se hacía un café aguado y tan amargo como sus últimos años de vida y se acomodaba en la mecedora a ver cómo su vecina se sentaba en una silla en el salón y dejaba pasar el tiempo sin hacer nada, cabizbaja. Angustias sabía que Leonor se había quedado sin familia mucho antes de que ella misma hubiese sido dejada de lado por la suya.

Leonor era ciega, o eso pensaba Angustias hasta que una tarde, cuando ya iba por la segunda taza de café, la vecina levantó la cabeza y la giró hacia la ventana. Angustias, horrorizada, sintió que aquellos ojos blanquecinos le estaban mirando directamente. Algo brilló en la mejilla de Leonor. Desde su ventana parecía una lágrima.

Ambas se quedaron como estatuas durante unos minutos. Angustias pensaba que si no se movía, realmente no la vería. Cuando empezó a pensar que para Leonor ella era invisible, una mancha más del paisaje, la anciana, desde su salón, levantó la mano a modo de saludo. Angustias se sintió la persona más sola del mundo. Los cinco años de regocijo en el mal ajeno cayeron sobre ella como cae un árbol seco y podrido al que ya no le queda vida. La siguiente lágrima no fue de Leonor, sino suya. Avergonzada, levantó una mano, con la que devolvió el saludo e, instintivamente, levantó la otra, que sujetaba la taza de café e hizo un gesto de ofrecimiento. Leonor dibujó una tímida sonrisa a la vez que asentía con la cabeza.

(Madrid, 4 de Enero de 2007)

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Una respuesta to “Una taza de café”

  1. bueno como estoy enganchado al café no que decir…

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